domingo, 17 de noviembre de 2019

Mi lado bueno, es mi lado esquizo.


Es curioso cómo funciona mi cerebro. Supongo que todos claro, pero hablo de lo que creo que sé. Ya os he contado muchas veces que no logro acabar de entender su funcionamiento. Entre otras cosas, por las drogas; lo sé. Bueno, solo una. Ya era despistado antes de consumir. He estado años sin consumir y seguía igual de despistado. Y desmemoriado. Aunque creo que van de la mano. A lo que venía. No deja de sorprenderme esa capacidad de recordar cosas de hace diez años y no ser capaz de recordar lo que ha pasado hace diez días. A veces mola. Te alegras de las mismas noticias varias veces. Conoces gente por primera vez dos veces. Lo malo nunca se olvida. Siempre está presente. Y cuanto más tratas de olvidarlo, con más fuerza lo recuerdas. Esa es la parte mala. Da igual hace diez minutos que hace quince años. Lo malo no se olvida, repito. Las situaciones vergonzantes, los momentos malos, las sensaciones tristes; todo eso permanece siempre. Y no es porque esté todo el día dándole vueltas, no es que esté siempre en primer plano, al revés; está agazapado, está en standby, siempre dispuesto al ataque, a salir al terreno de juego. A revolucionar el partido. Y vaya que lo hace. De repente un bajón. De repente no hay risas. De repente todo es gris. Antes estos periodos estaban más diferenciados y eran más prolongados. Ahora se suceden en horas. Es un caos. Los últimos dos meses (hoy es 16 de octubre, creo - corrección, es 19-), han sido un poco más tranquilos, pero es que desde mediados de junio mi cabeza ha sido una maldita montaña rusa. Estoy pensando en montar un parque temático y en vez de montaña rusa poner mi estado de ánimo. Desde una relativa calma, dentro de un jodido huracán, creo que me ha afectado más de lo que he aparentando. Normal, también os lo digo. Ahora en la calma llegan nuevas preocupaciones. Más banales, si queréis. Más triviales. Vuelve a sorprenderme mi querido cerebro mezclando risas y tristeza (hace tiempo que no lloro), momentos de hilarante felicidad e ilusión con momentos de vacío y negro porvenir. Y eso que no hago más que proponerme volver a la estabilidad, aunque sea, doméstica, social, laboral. La única es la tercera. Y es porque es en el sitio dónde mejor me lo paso, quién lo diría. Pero no trabajando, si no estando con los compañeros. Y, por qué no, con gente de otros departamentos y empresas externas. Ahí viene también parte de la distracción banal. El juego. El maldito, divertido y peligroso juego. Muy pesado, lo sé. Pero últimamente todo acaba ahí. Supongo que porque tampoco quiero escribir sobre el otro problema. Aunque lo deje entrever. Duele. Es divertido volver a leer lo que escribo y ver como paso de puntillas y mi cerebro se encarga de dar un pequeño giro, sutil, y cambiar de tema. Aun teniendo en la cabeza lo que iba a escribir, al final voy por otro lado. Y, como no, me doy cuenta cuando lo vuelvo a leer, no cuando lo estoy escribiendo. Eso también me lleva a pensar si el juego no es una distracción elaborada por mi cerebro para esquivar otros pensamientos. Es decir, nunca he necesitado o tenido la sensación de necesitar una persona a mi lado, digamos, de manera romántica. Y ahora, por momentos, la mayoría de las veces, creo que tampoco. Pero hay un runrún de fondo que me hace pensar que quiero algo así. Y ya empiezo a dudar si es real o es una elaboración del subconsciente. A lo mejor es que sí, que quiero, que necesito. Pero no veo que sea un momento adecuado. Eso también está detrás del otro runrún. No lo veo ahora mismo. No es mi vida, ahora mismo, compatible con nada. Y eso me hace pensar que mejor no. Si no, ¿por qué no le he dicho nada todavía?

“Al principio lo pinté como una sombra y no era un gozo
Nada más que un simple esbozo de franqueza tu sonrisa
Un péndulo encima de un pozo, un segundo que se eterniza
Algo más leve que un sollozo, un alma que se parte en trizas.
Resignado que al puzzle le faltaba alguna pieza
Pues tal cosa me obligaba a pronunciarme a un primer paso
Hoy no tuve que pensar no quise quedarme en el quizás
Con la fe del que conoce ya a que saben los fracasos.
Y entonces vimos sobre los tejados aquella nada que se hizo visible
En el instante que se hacía pasado, en el momento menos predecible
La duda eterna del enamorado jugaba haciendo saltar el fusible
(…)”
El mejor de los mundos posibles, Pangloss

domingo, 3 de noviembre de 2019

Back 2 da game



Y bueno… si continúo, he de hacerlo por el juego. Me gusta el juego. Me encanta el juego. Es divertido. Y es peligroso. Te puedes enamorar. El juego es una ramera, como la suerte, como la noche, como la vida. Pero hay que jugarlo. La cosa es que no recuerdo cómo se jugaba. Vale, para ser sincero, nunca he sabido jugar. El otro día, hablando con un amigo, caí en la cuenta de que todas las parejas de larga duración que he tenido, han sido ellas las que han dado el paso, tomado la decisión o, dicho vulgarmente, las que me han entrado. No es una queja. Creo que he dejado sobradamente claro que las he querido más que a todo… mientras ha durado. Ya lo dijo Galeano. Desde joven siempre he sido el amigo gracioso. No sé. Tampoco me han interesado demasiado las relaciones, es cierto. También he dejado sobrada constancia en este, huelga decirlo, maldito blog. Pero no sé. Me gustan. Adoro a las mujeres. Suena feo dicho así. Pero es lo que es. En serio. Pero para todo hay un pero, ¿no? Y no podía ser menos en este relato. Vergüenza. Mucha. Luego ya más o menos la he ido perdiendo… y me empezó a dar bastante igual. Ahora mismo hay pocas cosas que me den vergüenza. Pero hablar con una chica que me gusta… ¡ay, amigo! Imposible. No se comportarme. Soy peor que un quinceañero. No soy fluido. No soy gracioso. No soy coherente. No soy simpático. Vamos, todo lo que normalmente intento ser. En fin. El juego. El maldito, necesario e infernal juego.
El juego, al fin y al cabo es el amor. Y es que el amor… en fin. Yo no quería hablar de ese tema. De hecho, no he querido ni usar esa palabra… pero es que, aunque lo negaré ante todos los que me pregunten… el amor lo es todo.
Casi cuarenta y se vuelve un crío de quince cuando le dice a una chica: ‘eres muy guapa’ ¿cuándo se pasa esa sensación? ¿cuándo desaparece el nudo en el estómago? Como dice un amigo mío: a nosotros Peter Pan se nos queda corto. No hemos madurado, no hemos crecido. Tampoco nos ha hecho mucha falta, hemos sobrevivido igualmente. Seguro que hay quién lo encuentra encantador… seguramente cuando cumpla los veintipocos se le pase y madure. Es lo normal, lo estándar. Luego estamos unos pocos, unos elegidos. Lo que no sé es para qué. Supongo que para una soltería prolongada (eso es del mismo amigo de antes). Bueno, no puedo decir que le haya ido mal. De hecho, el problema es precisamente ese, volver al juego doce años después. ¿Cómo voy a volver si ya me he pasao el juego?. Bueno, no me preocupa en exceso, pero a la sociedad sí. Demasiado viejo para casi todo. Y yo pensando que los cuarenta eran los nuevos veinte. Y si resulta que no queremos volver, ¿qué? ¿Qué pasa con nosotros? No queremos jugar a vuestro juego. No quiero una boda de blanco. No quiero unos hijos perfectos. No quiero la perfección, ni para mí, ni para los que me rodean. La perfección es aburrida. Es estándar. Es normal. No queremos ser normales. No hemos nacido para serlo.  Hemos nacido para ser especiales. Cada uno a su manera. No hace falta que seas el nuevo Picasso ni el nuevo C. Tangana. Haz especial a la gente que te rodea. Dales la mejor versión de ti. Serás especial para ellos. Suena a mensaje de nuevo coaching. Pero es tristemente cierto. No queremos ser iguales. No queremos estar en la norma. No queremos vuestra vida normal. Queremos nuestra vida normal. Nuestra vida de marginales, de outsiders, de rebeldes. No queremos cambiar el mundo, queremos cambiar nuestro mundo. Nuestra vida. Nuestro círculo. No he nacido para salvar a la humanidad, me conformo con salvar a la gente que me quiere. Intentar escribir en positivo escuchando rap oscuro, lento, cabezón, es de lo que peor se me debe dar. Porque me dura muy poco. Me sale el racionalista que tengo dentro. No puedo. Una última cosa: quereos. En serio. Amaos. Dar amor. Sin prejuicios, sin intereses, sin máscaras. Yo llevo unos días intentándolo. No es fácil. Y menos cuando has sido la persona más reservada que he conocido. No es fácil cambiar. Pero ya lo he hecho más veces. Aunque esta va a ser difícil de cojones. Pero bueno. Repartid amor, de verdad. Y amor no es solo amor. Son buenas palabras y buenos actos. Es comprensión. Es dedicación. Es cariño. Es interés. No me gusta esa palabra. Pero la adoro.
Y esa es la contradicción en la que vivo. Bueno, vuelvo a vivir; que yo creo que ya me había pasado. Lo que pasa es que mi mala memoria me impide recordarlo. No entendéis nada, y lo entiendo. En fin. Os lo intento explicar. Hay que hilar lo del juego con la dicotomía ¿Cómo? Fácil: hay días que me miro al espejo y digo: me follaba entero. En serio. Me daba por todos lados. Es decir, con esta carita, ese perfil, esa sonrisa, esa voz, esa mirada… ¿qué no? Hasta con barba de dos meses. Y simpático y amable y gracioso y cariñoso y… bueno, y alguna cosa más, seguro. Y luego están los otros días. Los del madre mía dónde vas con esa cara, y con esas barbas… y luego es que eres un raro, te gustan cosas muy raras, con la edad que tienes y mírate. Pues esa contradicción. El juego, el juego, el juego… ¿estoy un poco obsesionado? No sé… igual es que me vuelve a apetecer. Lo cierto es que a ratos sí. ¿Esto ya lo he escrito antes? Bueno, pues no será la primera vez que me repito. Me apetece el cariño. Me apetece la compañía. Pero también me da pereza. ¿Echo de menos la comodidad de una relación duradera? Me da pereza empezar. Iba a decir algo de los principios… pero ya no sé si tiene sentido. ¿Me siguen gustando los principios como antes? Me sigue gustando el juego, eso seguro. Pero los días de baja autoestima se hace difícil. Y los de alta… pues no sé jugar mis cartas. Bueno, a veces son malas cartas. A veces el malo es el jugador. Es cierto. Me las doy de jugador profesional y luego soy un aficionado. Pero es que adoro el juego.
No escatimo alegorías para agrandar mi ego. Son los días de alta autoestima los que me motivan. Los que me hacen decirle algo a alguien. Los que me hacen seguir en el juego. Los días de ¿por qué no? Los días de no solo superioridad moral, los días de estar por encima del resto en muchos sentidos. Esa sensación de seguridad, de estar de vuelta. Los días de sonrisa seductora, encontronazo fortuito… timidez, quince años. Adiós. Estamos condenados a repetir los mismos errores. Bueno, día uno. ¿Cuántos meses van ya? En fin. Como dice la canción: pasó el tren y yo estaba fumando en la vía.

 “Qué triste que estoy y que poquito lloro.
Son esas cosas que uno aprende solo.
Pared y espada, la boca el lobo
Perder por nada, poder con todo.
(…)
Qué feliz que estoy, que poco sonrío.
Son esas cosas que aprendes de crío.
Cuarenta fuera, por dentro frío.
Escalo el pico, mamá, yo ya soy rico.
(...)
To esto al menos me está ahorrando el médico.
Qué triste que estoy y que poquito lloro.
Son esas cosas que uno aprende solo.
Pared y espada, la boca el lobo
Perder por nada, poder con todo.
Qué feliz que estoy, que poco sonrío.
Son esas cosas que aprendes de crío.
Cuarenta fuera, por dentro frío.
Escalo el pico y salto al vacío”
No saco temas ya, Brawler

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