lunes, 14 de febrero de 2011

Son tan efímeros los encuentros y tan largo recordar

A veces me daba por pensar en aquellos tiempos… cómo había cambiado todo. Cómo habíamos cambiado. La delgadez y la juventud, co, ya no vuelven más. No sé si fueron las circunstancias, la sociedad, la juventud, la distancia, mi eterna indecisión o las guerras; pero algo pasó para que todos cambiáramos… para que nos separáramos… para que nos olvidáramos.

Brune se me aparecía en sueños. No me dejaba dormir. Se estaba convirtiendo en la obsesión que ya fue. ¿Puede una persona poner tu mundo del revés? Puede… incluso cuando hace años que desapareció de tu vida. Ya lo puso el día que la conocí… y sólo tuvo que sonreírme. Desde ese preciso instante supe que sería parte de mi, para siempre.

Teníamos entre veinte y treinta años. Toda la vida por delante. Acabábamos de conocernos, pero era como si ya nos conociéramos ¿Puede ser un mes toda una vida? Puede… o lo parecía. Todo era nuevo, excitante, gratificante… ilusionante. Todo cambiaba. Nueva música, nuevas drogas, nuevas fuerzas políticas, nuevas modas, nuevas bandas callejeras… todo era cambiante. Sobretodo nosotros. Todo pasa tan deprisa un beso una sonrisa se van sin aviso.

No paraba de pensar en ella. ¿Qué habría sido de su vida? Siempre la misma pesadilla. Aparece, me llama, se va. No he tenido contacto con alguien del grupo desde que murió… tanto que ni me acuerdo. No sé qué ha sido de ellos… si viven, ni dónde trabajan… ni de sus familias. No es que me haya planteado buscar a alguien pero…

No es que fuéramos excesivamente activos, pero estábamos a todo. Éramos unos cuantos y podíamos abarcar muchos proyectos. Funcionábamos en comuna, todos iguales. Son inevitables los roces, pero se sacaba algo positivo de ellos… casi siempre. Nos reuníamos todas las tardes después de clase. Al principio solo por charlar, por arreglar el mundo. Íbamos siempre al mismo parque… como tantos otros. Allí se juntaba toda clase de suministradores. Rondaban a los grupos de chavales, como nosotros, ofreciéndonos cualquier cosa: droga, porno, artículos de lujo, pequeños electrodomésticos, gafas de sol… había dos o tres que manejaban el parque, pero uno de ellos siempre insistía con nosotros. Hasta que tuvo éxito. Drogas. Desde la bebida hasta el jaco… todos nos drogábamos con algo. Las quedadas para charlar pasaron a ser para drogarse y charlar. Un día dejamos de hablar. Nos comenzamos a mover. Queríamos arreglar el mundo de verdad. Estábamos convencidos de que éramos el futuro. Entre todos, podríamos moldear un mundo de paz y libertad. Algunos pensaban en la no violencia como vía para la paz… otros no. Hubo un gran cisma en el grupo. La violencia estaba a punto de separarnos. Algo que nos era totalmente ajeno nos iba a separar. Algo que no habían conseguido años de disputas y drogas. Años de amor y de odio. Años de decepciones y alegrías. Años de lucha. Nos dimos tres días de distancia. Al tercer día, decidiríamos el futuro. La reunión duró horas y drogas… casi todas. Y de repente, fue Siddharta quién nos habló: “el camino de en medio”. Y así fue. Acordamos pequeñas acciones violentas que no fueran contra las personas. Y comenzó la lucha callejera. Convencimos a otros grupos a base de acción y charlas. Multinacionales, el gobierno, el ayuntamiento, la policía, las asociaciones de vecinos… todo el que fuera afín al sistema, recibía una lección. Estábamos pletóricos. Estábamos haciendo realidad nuestro sueño… cambiábamos el mundo. Y de repente… ella. No sé cómo no había reparado antes en ella. Supongo que era impulsivo y obcecado… y ella demasiado joven. Pero de repente… ya no me importaba nada… sólo protegerla. Escucharla. Ayudarla. Reírme. Vivir. Y lo convulso del mundo me daba igual. Todo el caos y la destrucción eran lo de menos… pero fueron decisivos. Todo a mi alrededor era desolador… pero estaba ella. Todo era muerte y destrucción… pero estaba ella. Por ella vivía. Por ella me levantaba. Por ella mataba. Pasábamos horas juntos… casi todas. Hablábamos. Nos reíamos. Llorábamos. Todo mi mundo era ella. Nada más me importaba. Lo cierto es que él no es nada si ella deja de imaginarle. Hacíamos mil y un trapicheos para estar siempre juntos. Para coincidir en todo. Algún día tenía que pasar. Nos separamos. Un día, sin más. De repente… uno de los dos no apareció. Y así sin más, se fueron. Pensando que antes de conocerse no sabían lo que era sufrir. Y se acabó. Y ya no había mundo. Ya no había vida.

Hace días que vago sin rumbo por las calles de lo que fue nuestro barrio… nuestro hogar. Todo ha cambiado… todo cambiante. Si alguna vez estuve aquí, este sitio no se le parece en nada. Ya no lo reconozco. Ya no es mi hogar. Ahora duermo aquí… en una habitación desocupada. Sólo camino, sueño… ahora también me habla en sueños. Me pide que la encuentre. Yo ya no sé que hacer. No puedo dormir. No la puedo encontrar. No puedo vivir. Por lo menos, estos paseos me mantienen entretenido. A todo el mundo miro, intento reconocer, intento buscar a alguien que no conozco. Me estoy volviendo loco. Suelo sentarme en un banco de lo que un día fue un parque y descansar… beberme una cerveza… y siempre es el mismo banco… y no sé por qué. Hasta que lo he entendido. Allí estaba ella. Delante de mis ojos. Y no había sabido verla. Envuelta en harapos y sobre una cama de cartón. Aquí está Brune. No me reconoce, me mira extrañada. Le digo que no se preocupe. Que le voy a ayudar. Que no pasa nada. Me dice que está enferma. Débil. Me dice que no se acuerda de su nombre. Le digo que lo lleva tatuado donde la espalda pierde su nombre… Brune. Le digo que le compraré ropa y se podrá duchar. No entiende nada. Consigo un par de espejos y le enseño el tatuaje. Dice que no sabe quien soy, pero que me quiere. Vamos a la habitación, después de comprar algo de ropa nueva. Se ducha. Se viste. Sigue preciosa. Me dice que le han borrado la memoria. Que sabe algo que no debería saber, pero que no sabe lo que es. Dice que la querían matar, hasta que desapareció. Dice que me pueden matar por hablar con ella. Que la siguen buscando. Yo creo que está paranoica. Le doy un tranquilizante y que duerma en la cama. Me paso la noche en vela, inquieto, vigilante. Una vez más, no sé qué hacer. Ni a dónde ir. Ni si estamos seguros… una vez más, no sé nada. Aunque empiezo a sospechar. Se ha despertado con el olor a café y pastas que he traído de la cafetería. Por un segundo, sonríe, se olvida de todo… otra vez. Pero dura eso, un segundo. Vuelve esa cara de eterna preocupación, del peso del mundo, del peso del alma. Desayunamos. Le digo que tenemos que pensar algo. Que podemos ir a algún sitio. Me dice que me vaya donde quiera, que me aleje de ella. Quiero ayudarla. No permitiré que le pase nada. Debo protegerla. Insisto en irnos al norte, a la montaña. ¡Me sonríe! Por fin… por fin la reconozco… quiero besarla. Ella también. Nos besamos. ¿Puedes sentirte nacer y morir en décimas de segundo? No respira. La sujeto con mis manos, le hablo… pero ella no respira. Primeros auxilios. Sigue sin respirar. Y a mi me duele tan adentro que no puedo ni llorar.


“Guardo tu cadáver en casa, para hablar con alguien cuando se apagan las luces, para oler la caducidad del amor, la ligereza de los años, el largo e idealizado recuerdo de momentos que fueron tan breves. No me cuentes nada esta noche. Sólo se oye el rumor de los gusanos en tu vientre. Te noto fría y rígida… ¿no habré dicho algo inapropiado verdad?

¿Por qué no bailamos?”

Enfermo, Skunk D.F.

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